Thursday, July 06, 2006

EL OTRO DARÍO


El regreso a la tribu

Aunque el nazismo, en los ’30, tuvo cierta importancia en la historia política de Chile, racionalmente cuesta admitir la existencia de un nazismo o neonazismo criollos, porque no somos hiperbóreos, nórdicos ni arios.



Darío Oses

Los que fuimos jóvenes en los ’60 militábamos en juventudes políticas o simpatizábamos con alguna de ellas. Éramos también de algún club de barrio y de un colegio y todas esas pertenencias nos adiestraban en el ejercicio de la ciudadanía, puesto que los dirigentes de cursos, centros de alumnos, partidos y clubes se elegían democráticamente. Cuando la sociedad chilena se polarizó, aparecieron las brigadas de pintura y de choque: la Ramona Parra, la Elmo Catalán, los comandos Rolando Matus. Pero éstas siempre estuvieron subordinadas a una dirección política. Se trataba de hacer la revolución o de impedirla. Aunque había enfrentamientos y violencia, éstos no eran los propósitos finales. Se buscaba más captar a nuevos adherentes y formar cuadros políticos que eliminar físicamente al adversario.

Con el golpe militar todo eso se desarmó. Los que no cayeron presos fueron mandados a sus casas, de las que salían a trabajar -si es que no estaban cesantes- y luego a encerrarse antes de que te pillara el toque de queda. La celebrada globalización siguió liquidando la vida asociativa: debilitó a los gremios y a los sindicatos casi hasta hacerlos desaparecer, desintegró todas las formas de vida comunitaria locales y ha venido deshaciendo hasta a la familia. El sistema propicia la fragmentación de la sociedad en una multitud de individuos egocéntricos y hedonistas que operen como productores disciplinados y consumidores desaforados, y que sólo tienen la ilusión de pertenecer a asociaciones de fantasía, como esos clubes que forman ciertas marcas comerciales y que otorgan descuentos por acumulación de puntos, y cosas de ese tipo.

Antes, el individuo vivía amenazado por el poder de los estados, que tenían un peso enorme. Aquel Estado era al menos benefactor, el “ogro filantrópico”, como lo llama Octavio Paz. Pero a este ogro se lo podía enfrentar y hasta exigir, con el respaldo de asociaciones ciudadanas y sindicatos fuertes. Ahora el individuo esta solo frente a las grandes corporaciones multinacionales, aún más gigantescas que los estados nacionales de antes, y para nada filantrópicas. Para sobrellevar este aislamiento, la vida asociativa se ha recompuesto, volviendo a su etapa más primaria: la tribu.

Se habla hoy, con razón y propiedad, de las tribus urbanas. En éstas, como en las hordas y clanes primitivos, las lealtades son básicas y rotundas: el individuo vive en y para el grupo, y construye su identidad como parte de él. La cohesión grupal se afirma casi exclusivamente en el odio a la tribu enemiga, al otro distinto, al extranjero. Algunas de estas tribus se forman como estrategias de existencia: pertenecer a una pandilla o banda es casi un requisito necesario para sobrevivir en ciertos sectores de la ciudad.

Otras tribus se arman en torno a emblemas y tótems. Las barras bravas, por ejemplo, erigen a su equipo como tótem, viven el fútbol como una experiencia religiosa, con una devoción fundamentalista por su club. Y están también las tribus que tienen algún perfil ideológico. Es el caso de los neonazis, aunque su ideología se reduce a atribuir todos los males de la sociedad a ciertos chivos expiatorios: homosexuales, drogadictos e inmigrantes, y su programa político al extermino de estos grupos. En todo caso en estos grupos sigue primando el culto totémico a ciertos emblemas y a figuras tutelares, como la del führer.

Aunque el nazismo, en los ’30, tuvo cierta importancia en la historia política de Chile, racionalmente cuesta admitir la existencia de un nazismo o neonazismo criollos, porque no somos hiperbóreos, nórdicos ni arios. En el mejor de los casos, admitiendo las teorías más imaginativas que científicas de Nicolás Palacios, seríamos de raza gótico araucana, de cualquier forma mestizos, destinados si no al exterminio, a servir como esclavos a la estirpe superior, si hubiesen triunfado el nazismo europeo y su antropología demencial.

La explicación podría estar en que el nazismo es un envase adecuado para construir una tribu: propicia la total subordinación del individuo a la comunidad, propone como paradigma una vida antiburguesa con matices heroicos, y tiene símbolos y ritos que ejercen una fascinación extraña y preocupante, especialmente en los jóvenes. Sea como fuera, los habitantes del desierto urbano necesitamos agrupaciones que nos den protección y sentido de pertenencia. Hay que esperar entonces que sigan proliferando las sectas y tribus bajo distintos emblemas, y que en respuesta al neoliberalismo, aparezcan grupos neoestalinistas, neorraperos, tal vez hasta neocolocolinos que se desprendan de la Garra Blanca.

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