Tuesday, January 24, 2006



Por primera vez científicos chilenos calcularon in situ sus dimensiones

Confirman existencia de lago sumergido en la Antártica

El grupo de investigadores nacionales, liderados por expertos del Centro de Estudios Científicos de Valdivia, Cecs, se encontraba ayer en la base de Patriot Hills esperando que las condiciones climáticas les permitieran abordar el avión que los traerá de regreso al continente.

Ricardo Acevedo

Fecha edición: 24-01-2006



Foto Portada


Nada haría sospechar que bajo la superficie de un glaciar en la Antártica, mayoritamiente plana y con pocos sobresaltos a la vista, se oculta una accidentada geografía con cerros y fiordos.

Este fue el escenario con el que se encontraron los miembros de la expedición científica al lago Ellsworth, que en la madrugada de ayer regresaron al campamento base ubicado en el sector de Patriot Hills.

Tras dos semanas de marcha a bordo de un tractor especial y un recorrido de 900 km. el grupo liderado por expertos del Centro de Estudios Científicos de Valdivia y en el que también participaron el Ejercito de Chile, investigadores británicos y la empresa privada Adventure Networks, consiguió por primera vez delimitar las dimensiones de este lago subglacial ubicado a más de 3.000 m bajo la superficie. Aunque había sido identificado en prospecciones aéreas hace un par de décadas, hasta ahora nadie lo había investigado directamente.

Posible vida

Se cree que el lago albergaría vida y que, de ser así, podría esperarse encontrar organismos similares en otros planetas del sistema solar con océanos bajo el hielo.

Mediante un teléfono satelital, y mientras esperaban que las condiciones climáticas les permitieran abordar el avión que los traerá de regreso a Punta Arenas, el líder científico de la expedición, Andrés Rivera, explicó que el trayecto se desarrolló sin grandes sobresaltos, pero soportando fuertes vientos, tormentas de nieve y temperaturas de hasta 25 grados bajo cero.

"Recorrimos la ruta planificada y no se avistaron grietas en todo el trayecto, pero nos encontramos con sastrugis (dunas de nieve) de hasta medio metro de alto que complicaban el avance del convoy. Hubo días que tuvimos que detenernos debido a la visión blanca, vale decir, no se veía nada más allá de cinco metros", cuenta Rivera.

A medida que se acercaban al lago, agrega, hallaron una topografía subglacial muy compleja. "El glaciar se ubica a unos 1.950 metros sobre el nivel del mar, pero debajo hay fuertes desniveles. Hay cerros a mil metros de altura y zonas profundas que tienen más de 3.200 m. Detectamos una fosa, que puede ser una especie de fiordo, donde está el lago", dice.

El científico explica que es probable que el lago tenga millones de años y que se haya formado debido a la presión que ejerce el hielo. "La columna de tres kilómetros de hielo ejerce presión, permitiendo que exista agua en estado líquido, pese a las temperaturas de entre dos y tres grados bajo cero".

Claudio Bunster, director del Cecs, quien también integró el grupo, destacó que "se trata de la primera prospección terrestre a la zona que se realiza con éxito completo". Agregó que la iniciativa, la segunda liderada por su institución en dicho continente en dos años consecutivos, representa la consolidación de Chile y sus científicos "como investigadores antárticos de primer nivel". Bunster también recalcó la importancia de la alianza entre el Cecs, el gobierno a través del Ministerio de Defensa, el Ejército y la empresa privada, lo que permitió hacer esta expedición en un tiempo muy breve: "Se abre así el camino para extender las investigaciones a la Antártica Occidental, una de las zonas más inestables del continente que podría estar siendo afectada por el cambio climático".

Monday, January 23, 2006

POLÉMICA
El extraño caso del profesor Brú
Su equipo lo integran familiares y amigos. Investigadores que han colaborado con él reniegan de sus experimentos con enfermos. La comunidad médica le acusa de generar falsas expectativas en los pacientes
ALEJANDRA RODRÍGUEZ | ISABEL PERANCHO
El profesor Antonio Brú explica la fórmula matemática que ha desarrollado de acuerdo a su teoría sobre la dinámica de crecimiento del cáncer./EFE
El profesor Antonio Brú explica la fórmula matemática que ha desarrollado de acuerdo a su teoría sobre la dinámica de crecimiento del cáncer./EFE

Las consultas de Oncología nacionales se han visto desbordadas esta semana por una avalancha de pacientes enfermos de cáncer deseosos de probar un fármaco que, de acuerdo al anuncio realizado por un físico madrileño, Antonio Brú, es capaz de curar todos los tumores sólidos: el factor estimulante de colonias de granulocitos (G-CSF, sus siglas en inglés), un producto de uso habitual para paliar los efectos de la quimioterapia y que, curiosamente, a pesar de haber sido administrado a miles de pacientes durante más de una década jamás había dado muestras de este sorprendente efecto. La comunidad científica esta convulsionada tras la rueda de prensa que Brú ofreció el pasado lunes en la que aseguró haber «curado» a un paciente con un tumor de hígado terminal aplicando dosis masivas de este medicamento. Las críticas arreciaron durante los días siguientes. Los expertos consultados por SALUD ponen en tela de juicio la validez de la teoría sobre la que ha sustentado su experimento que, además, no era el primero. Brú y su equipo aseguran haber curado por el mismo procedimiento a otra joven paciente con un melanoma (cáncer de piel) terminal. Pero, sobre todo, le recriminan su «irresponsabilidad» al lanzarse a tratar enfermos sin suficientes pruebas y, sobre todo, anunciar la inminente curación del cáncer a raíz de un único caso, algo que carece de validez científica. ¿Quién es este físico? ¿Por qué cree que puede curar los tumores?

La historia de Antonio Brú es el relato de una pasión que se inició, según él mismo cuenta, hace 12 años a raíz de una experiencia personal: la muerte de su abuela a causa de un cáncer. El físico, que entonces trabajaba en el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), empezó a formular una teoría sobre cómo crece la masa tumoral e invade el tejido sano. Con el tiempo desarrolló la hipótesis de la dinámica universal del desarrollo tumoral. Básicamente sostiene que el crecimiento de la masa cancerosa está mediado por la presión que recibe del ambiente que la rodea (el tejido sano y el sistema inmune). Si no encuentra obstáculos, crece expandiéndose a través de su superficie a partir de los bordes, como lo harían las conchas marinas o los copos de nieve, siguiendo una dinámica regida por las leyes de la geometría fractal.

LA TEORÍA.

Es decir, según él, el tumor empuja al tejido sano y acaba ahogándolo. Esta teoría contraviene el pensamiento imperante que sostiene que la masa maligna se desarrolla a partir de su núcleo creando nuevos vasos sanguíneos que invaden el 'terreno' sano y la alimentan.

Para probar su idea, acudió al laboratorio y, tras una primera prueba, hace cinco años entró en contacto con José Luis Subiza, inmunólogo del Hospital Clínico de Madrid. «Había estudiado su teoría en una línea de células y quería ver si podía demostrarla en otras diferentes. Le facilité los medios para hacer los ensayos con líneas de células tumorales humanas y murinas [de ratones]», explica Subiza.

«Su idea era interesante desde el punto de vista físico y de modelización. Básicamente, lo que hicimos fue hacer crecer un grupo de células en unas placas de laboratorio y ver si evolucionaban como estaba previsto. La teoría se comprobó, pero el modelo de células tumorales que utilizamos no está validado en humanos», advierte el experto. Dicho de otra forma, no está demostrado que las células de un enfermo se comporten igual que las que se utilizaron en los cultivos para estos experimentos.

EL FÁRMACO.

Fue de esta relación de la que surgió, «en el curso de conversaciones informales», la idea del factor estimulante de las colonias de granulocitos, el G-CSF. «Si de acuerdo a la teoría, los tumores deben ir liberando el espacio circundante para ir creciendo, Brú me preguntó de qué forma se podía construir una barrera para evitar el avance, qué podía haber capaz de ocupar ese hueco virtual. Le contesté que unos candidatos podían ser los neutrófilos, unas células del sistema inmune», explica Subiza.

«Sin embargo», se apresura a aclarar, «el papel de los neutrófilos no fue una consecuencia de los resultados experimentales en los que basa su hipótesis y en los que yo participé, sino fruto de una posibilidad altamente especulativa que surgió durante la discusión de las posibles implicaciones teóricas del modelo. Que yo sepa no ha habido estudios posteriores que demuestren su papel». El mismo le advirtió de que no veía plausible que utilizar un producto farmacológico para estimular la proliferación de neutrófilos, como el G-CSF, pudiera tener un efecto antitumoral: «ya se había investigado en el laboratorio y no había ningún resultado en ese sentido».

El experto, que reconoce estar «muy sorprendido» por el anuncio realizado esta semana por Brú, es claro: «No estoy de acuerdo en cómo ha procedido. Lo lógico es que lo hubiera intentado demostrar en más enfermos y que hubiera utilizado los cauces de divulgación científica, en vez de lanzar mensajes esperanzadores a los pacientes. Es un salto al vacío». En estos momentos, Subiza se desmarca completamente de Brú.

Lo mismo le sucede a su siguiente colaborador, José López García-Asenjo, miembro del servicio de Anatomía Patológica del Hospital Clínico de Madrid, con el que trató de confirmar su teoría, esta vez estudiando muestras de tumores humanos. La primera vez que Brú experimentó el G-CSF fue en 16 ratones a los que se les inoculó un modelo experimental de cáncer (no era un tumor humano). Parte de ellos fueron también estudiados por García-Asenjo. Fruto de esta colaboración es el artículo publicado en la revista 'Physical Review Letters' en el que se asegura que la enfermedad remitió totalmente en dos roedores y en otros ocho se redujo su tamaño.

García-Asenjo decidió no continuar al lado de Brú tras conocer sus intenciones de experimentar con pacientes, un hecho ante el que no oculta su disgusto. «Esos trabajos fueron muy preliminares, con pocos ratones tratados. La cosa debería haberse quedado en aumentar esas investigaciones iniciales, buscar una evidencia mucho mayor con una población de estudio más amplia y comprobar la reproducibilidad del hallazgo por otros grupos. Mi desacuerdo manifiesto surgió cuando con esos resultados Brú manifiesta la posibilidad de tratar humanos», afirma.

UN EQUIPO FIEL.

En ese momento, el físico ya se había rodeado de un grupo de fieles colaboradores muy próximos a su entorno íntimo. Su hermana Isabel, médico de familia en un centro de salud de Talavera de la Reina; Sonia Albertos, una joven gastroenteróloga del Hospital Clínico de Madrid, y un ex compañero de ésta, Fernando García-Hoz, que actualmente trabaja en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid. Estas instituciones sanitarias se han desmarcado oficialmente estos días de la investigación.

Éste último equipo es el que durante los últimos años ha tratado de probar la teoría de Brú en pacientes humanos, una labor que, en circunstancias normales, precisa múltiples ensayos previos en el laboratorio. Para ello, recabaron la colaboración de numerosos oncólogos, que declinaron la oferta por considerarla inviable, y acudieron, al menos, a uno de los laboratorios fabricantes del G-CSF, Amgen.

«Hubo contactos a mediados de 2004. Propuso un estudio, se analizó y se sometió a la consideración de nuestra central [en EEUU]. La respuesta fue que la compañía no apoya estudios sin un protocolo clínico detallado y sin datos científicos preclínicos que lo sustancien o apoyen. Se estimó que el proyecto carecía de esos elementos», asegura un portavoz oficial del laboratorio. El G-CSF lleva en el mercado desde 1991 y se ha utilizado en miles de pacientes con cáncer, ya que se emplea para tratar la inmunosupresión que provocan algunos tratamientos antitumorales. Como obliga la normativa, antes de su lanzamiento al mercado, también se investigó profusamente en el laboratorio. A pesar de ello, «no tenemos constancia de ningún dato sobre su potencial anticanceroso», añade el citado portavoz.

¿Cómo ha podido tratar el equipo de Brú a dos pacientes con un fármaco que no está autorizado legalmente como terapia para el cáncer? Se recurrió a la fórmula del uso compasivo que permite emplear una medicación que ya está en el mercado en una enfermedad para la que no ha sido aprobado. Este trámite sólo lo puede cumplimentar un médico, que debe justificar su solicitud y explicar los detalles de su proyecto a la Agencia Española del Medicamento. Dos de los colaboradores de Brú (él no es médico) hicieron la petición, que fue aprobada por la citada agencia, dependiente del Ministerio de Sanidad.

No existe constancia del resultado en la primera paciente, aunque ella misma ha asegurado en televisión que ha sobrevivido a un melanoma gracias al G-CSF. «No estamos jugando», afirma Sonia Albertos, de 34 años, el único miembro del equipo que ha respondido a las llamadas de SALUD. «Es cierto que puede tratarse de curaciones espontáneas, pero no lo creo, sería mucha suerte que coincidieran dos casos al azar».

Albertos, que conoció a Brú hace siete años cuando preparaba su tesis doctoral, dice «entender» el rechazo que el anuncio ha generado entre sus colegas: «Nuestras ideas no están fundamentadas en las cosas de siempre. Un físico ha llegado para cambiar la concepción del cáncer». Afirma que se han topado con numerosos obstáculos. «Las revistas serias no habían querido publicar el artículo de los ratones, nos decían que la teoría estaba equivocada. Por eso acudimos a una de bajo impacto ['Journal of Clinical Research', la que ha aceptado el caso del cáncer hepático], sabíamos que nos lo sacaría rápido».

A pesar de las airadas críticas, el equipo asegura estar muy cerca de llevar adelante el proyecto de hacer un ensayo con más pacientes y confirmar, definitivamente, su teoría y la utilidad del fármaco G-CSF en un plazo inferior, incluso, a los dos años. «Hasta que no hagamos este estudio, el medicamento no se puede dar a los pacientes. Hay que hacer pruebas como mandan los cánones de la Medicina», apostilla la doctora Albertos.

Muchos opinan que si el proyecto llega a salir adelante, quizás haya sido gracias a que se ha utilizado la ansiedad de los enfermos de cáncer para recabar apoyo hacia una teoría que, pudiendo ser incluso interesante, aún está por demostrar. «No intentamos manipular. Nuestro objetivo es altruista», se defiende.

Gráfico en PDF: Cómo se diagnostica un cáncer de hígado





Responsabilidad y conocimiento
José Luis de la Serna

Cualquiera que se considere un científico serio, con respeto a lo que pueden sentir en un momento dado los pacientes, se lo piensa dos veces antes de salir en una rueda de prensa anunciando una cura revolucionaria de los tumores malignos. Aunque fuese verdad la teoría que sostiene el físico que ahora nos ocupa sobre cómo crecen las células cancerosas, y cómo con un medicamento muy usado se puede controlar su proliferación, lo que no se puede es transmitir a la opinión pública un hallazgo de esas características sin pruebas que lo avalen. Porque pruebas no hay. Si la ciencia ha avanzado en las últimas décadas ha sido, sobre todo, porque se han aportado datos soportando cada uno de los escalones que se han ido subiendo. Sólo gracias a la metodología científica el sida ahora es una enfermedad tratable, la aterosclerosis se puede controlar, las infecciones erradicar y hasta el cáncer tiene mejor pronóstico que hace muy pocos lustros. La supuesta curación de un paciente terminal con hepatocarcinoma, siguiendo las teorías de Brú, representa únicamente un caso, una anécdota. El trabajo, además, se ha publicado en una revista de muy poco nivel y su lectura no aporta una brizna de luz a tanta incógnita. Tan preocupante o más que una persona -sin certificados de saber biología- divulgue remedios contra el cáncer (sin apoyo de los profesionales sanitarios que tratan a los enfermos) es que la tribuna desde donde lo hace sea una Universidad de envergadura. Los gabinetes de comunicación de esas instituciones tendrían que conocer cuáles son los parámetros que rigen a la hora de comunicar en Biomedicina. Sobre todo cuando se habla de patología maligna. Demasiadas personas con problemas muy graves se hacen ilusiones sin sentido porque leen noticias que no van en modo alguno a remediar sus males. Las guías de buenas prácticas en la comunicación biomédica son simples y desde hace años están publicadas por la Royal Society británica. Antes de ponerse ante un micrófono para difundir cualquier posible adelanto hay que leerlas si se quiere evitar hacer daño a terceros. Y de la misma forma que hay guías para científicos, las hay para los que les sirven de altavoz: los medios de comunicación. Ellos también tienen que ser escépticos cuando se informa de avances importantes, y muy iconoclastas, contra el cáncer. Basta con tener conocimiento del método científico, leer con espíritu crítico todo lo publicado sobre el caso y saber qué es lo que en ciencia tiene valor real para calibrar la 'venta' que los expertos a veces se hacen de sí mismos. Basta con saber algo de lo que escribes.



Las principales «lagunas»

Como mínimo, Brú y su equipo no han sido ortodoxos a la hora de hacer las cosas. Por un lado, y aunque dicen haber curado a otra paciente con melanoma, sólo documentan un caso, lo que «no tiene validez, pues la curación puede deberse a mil circunstancias que no se han valorado», dice Antonio Antón, presidente de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM). Sus colegas también critican la metodología, tanto de este estudio como la de uno anterior realizado en ratones. En ambos se peca de imprecisión. «El documento del carcinoma hepático no se hubiera aceptado en las revistas de categoría», coinciden varios expertos, que también recuerdan que no hay oncólogos implicados en el trabajo. También se pone en tela de juicio incluso que el diagnóstico fuera acertado. Según parece, los indicios eran compatibles con la cirrosis que padecía, pero no suponen necesariamente la presencia de un cáncer, aunque son muchas las probabilidades de que lo sufriera. Al no haber hecho biopsias, sino aspiraciones con una aguja fina (no extrae una porción de tejido, sino unas cuantas células) puede darse un falso positivo. En un estudio con 30 o 40 personas este hecho no hubiera sido una 'pega', ya que es raro que se den tantos errores, pero con un sólo enfermo debería haberse recurrido a la biopsia, puesto que ésta es la prueba más fiable. En este sentido, la punción tampoco es el patrón oro para determinar la desaparición del tumor. De esta forma, puede incluso que los neutrófilos ejercieran un efecto positivo, aunque no anticanceroso. En cualquier caso, no hay elementos de juicio suficientes como para esclarecer estas y otras cuestiones.



Los pasos que exige la Ciencia

Antes de que un fármaco antitumoral se utilice en miles de pacientes debe demostrar primero su seguridad y después su eficacia. Esta labor de investigación previa intenta garantizar que el producto está exento de riesgos para los enfermos o, al menos, que sus beneficios contrarrestan sus peligros potenciales (la toxicidad). El primer paso se da en el laboratorio, donde el agente se prueba en líneas celulares y modelos animales validados (cuyo comportamiento se considera potencialmente similar al de la enfermedad tumoral en los humanos). «En esta fase se pueden consumir cinco o seis años de investigación y muchos productos se quedan aquí, sin llegar a la siguiente etapa», explica Miguel Martín, presidente del Grupo Español de Investigación en Cáncer de Mama.

Tras estos estudios, llega el segundo escalón: los ensayos en humanos, la investigación clínica. En la primera fase, que puede demorarse año o año y medio, hay que realizar dos o tres ensayos con 30 o 40 pacientes cada uno para probar cuál es la dosis máxima que se puede emplear con seguridad. Sólo después se puede iniciar la fase II para evaluar la eficacia del producto en un tumor específico. Se necesitan otros estudios en 30 o 40 pacientes y un mínimo de dos años. Si no existe otra alternativa terapéutica y el resultado es positivo, se puede solicitar una autorización para comercializar el producto, pero sólo en el tumor concreto en el que se ha estudiado.

Si están disponibles otras opciones, es necesario pasar a la fase III y demostrar que el nuevo fármaco es mejor que los que ya existen, esta vez en más pacientes y durante un mínimo de tres o cuatro años.

POLÉMICA
El extraño caso del profesor Brú
Su equipo lo integran familiares y amigos. Investigadores que han colaborado con él reniegan de sus experimentos con enfermos. La comunidad médica le acusa de generar falsas expectativas en los pacientes
ALEJANDRA RODRÍGUEZ | ISABEL PERANCHO
El profesor Antonio Brú explica la fórmula matemática que ha desarrollado de acuerdo a su teoría sobre la dinámica de crecimiento del cáncer./EFE
El profesor Antonio Brú explica la fórmula matemática que ha desarrollado de acuerdo a su teoría sobre la dinámica de crecimiento del cáncer./EFE

Las consultas de Oncología nacionales se han visto desbordadas esta semana por una avalancha de pacientes enfermos de cáncer deseosos de probar un fármaco que, de acuerdo al anuncio realizado por un físico madrileño, Antonio Brú, es capaz de curar todos los tumores sólidos: el factor estimulante de colonias de granulocitos (G-CSF, sus siglas en inglés), un producto de uso habitual para paliar los efectos de la quimioterapia y que, curiosamente, a pesar de haber sido administrado a miles de pacientes durante más de una década jamás había dado muestras de este sorprendente efecto. La comunidad científica esta convulsionada tras la rueda de prensa que Brú ofreció el pasado lunes en la que aseguró haber «curado» a un paciente con un tumor de hígado terminal aplicando dosis masivas de este medicamento. Las críticas arreciaron durante los días siguientes. Los expertos consultados por SALUD ponen en tela de juicio la validez de la teoría sobre la que ha sustentado su experimento que, además, no era el primero. Brú y su equipo aseguran haber curado por el mismo procedimiento a otra joven paciente con un melanoma (cáncer de piel) terminal. Pero, sobre todo, le recriminan su «irresponsabilidad» al lanzarse a tratar enfermos sin suficientes pruebas y, sobre todo, anunciar la inminente curación del cáncer a raíz de un único caso, algo que carece de validez científica. ¿Quién es este físico? ¿Por qué cree que puede curar los tumores?

La historia de Antonio Brú es el relato de una pasión que se inició, según él mismo cuenta, hace 12 años a raíz de una experiencia personal: la muerte de su abuela a causa de un cáncer. El físico, que entonces trabajaba en el Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), empezó a formular una teoría sobre cómo crece la masa tumoral e invade el tejido sano. Con el tiempo desarrolló la hipótesis de la dinámica universal del desarrollo tumoral. Básicamente sostiene que el crecimiento de la masa cancerosa está mediado por la presión que recibe del ambiente que la rodea (el tejido sano y el sistema inmune). Si no encuentra obstáculos, crece expandiéndose a través de su superficie a partir de los bordes, como lo harían las conchas marinas o los copos de nieve, siguiendo una dinámica regida por las leyes de la geometría fractal.

LA TEORÍA.

Es decir, según él, el tumor empuja al tejido sano y acaba ahogándolo. Esta teoría contraviene el pensamiento imperante que sostiene que la masa maligna se desarrolla a partir de su núcleo creando nuevos vasos sanguíneos que invaden el 'terreno' sano y la alimentan.

Para probar su idea, acudió al laboratorio y, tras una primera prueba, hace cinco años entró en contacto con José Luis Subiza, inmunólogo del Hospital Clínico de Madrid. «Había estudiado su teoría en una línea de células y quería ver si podía demostrarla en otras diferentes. Le facilité los medios para hacer los ensayos con líneas de células tumorales humanas y murinas [de ratones]», explica Subiza.

«Su idea era interesante desde el punto de vista físico y de modelización. Básicamente, lo que hicimos fue hacer crecer un grupo de células en unas placas de laboratorio y ver si evolucionaban como estaba previsto. La teoría se comprobó, pero el modelo de células tumorales que utilizamos no está validado en humanos», advierte el experto. Dicho de otra forma, no está demostrado que las células de un enfermo se comporten igual que las que se utilizaron en los cultivos para estos experimentos.

EL FÁRMACO.

Fue de esta relación de la que surgió, «en el curso de conversaciones informales», la idea del factor estimulante de las colonias de granulocitos, el G-CSF. «Si de acuerdo a la teoría, los tumores deben ir liberando el espacio circundante para ir creciendo, Brú me preguntó de qué forma se podía construir una barrera para evitar el avance, qué podía haber capaz de ocupar ese hueco virtual. Le contesté que unos candidatos podían ser los neutrófilos, unas células del sistema inmune», explica Subiza.

«Sin embargo», se apresura a aclarar, «el papel de los neutrófilos no fue una consecuencia de los resultados experimentales en los que basa su hipótesis y en los que yo participé, sino fruto de una posibilidad altamente especulativa que surgió durante la discusión de las posibles implicaciones teóricas del modelo. Que yo sepa no ha habido estudios posteriores que demuestren su papel». El mismo le advirtió de que no veía plausible que utilizar un producto farmacológico para estimular la proliferación de neutrófilos, como el G-CSF, pudiera tener un efecto antitumoral: «ya se había investigado en el laboratorio y no había ningún resultado en ese sentido».

El experto, que reconoce estar «muy sorprendido» por el anuncio realizado esta semana por Brú, es claro: «No estoy de acuerdo en cómo ha procedido. Lo lógico es que lo hubiera intentado demostrar en más enfermos y que hubiera utilizado los cauces de divulgación científica, en vez de lanzar mensajes esperanzadores a los pacientes. Es un salto al vacío». En estos momentos, Subiza se desmarca completamente de Brú.

Lo mismo le sucede a su siguiente colaborador, José López García-Asenjo, miembro del servicio de Anatomía Patológica del Hospital Clínico de Madrid, con el que trató de confirmar su teoría, esta vez estudiando muestras de tumores humanos. La primera vez que Brú experimentó el G-CSF fue en 16 ratones a los que se les inoculó un modelo experimental de cáncer (no era un tumor humano). Parte de ellos fueron también estudiados por García-Asenjo. Fruto de esta colaboración es el artículo publicado en la revista 'Physical Review Letters' en el que se asegura que la enfermedad remitió totalmente en dos roedores y en otros ocho se redujo su tamaño.

García-Asenjo decidió no continuar al lado de Brú tras conocer sus intenciones de experimentar con pacientes, un hecho ante el que no oculta su disgusto. «Esos trabajos fueron muy preliminares, con pocos ratones tratados. La cosa debería haberse quedado en aumentar esas investigaciones iniciales, buscar una evidencia mucho mayor con una población de estudio más amplia y comprobar la reproducibilidad del hallazgo por otros grupos. Mi desacuerdo manifiesto surgió cuando con esos resultados Brú manifiesta la posibilidad de tratar humanos», afirma.

UN EQUIPO FIEL.

En ese momento, el físico ya se había rodeado de un grupo de fieles colaboradores muy próximos a su entorno íntimo. Su hermana Isabel, médico de familia en un centro de salud de Talavera de la Reina; Sonia Albertos, una joven gastroenteróloga del Hospital Clínico de Madrid, y un ex compañero de ésta, Fernando García-Hoz, que actualmente trabaja en el Hospital Ramón y Cajal de Madrid. Estas instituciones sanitarias se han desmarcado oficialmente estos días de la investigación.

Éste último equipo es el que durante los últimos años ha tratado de probar la teoría de Brú en pacientes humanos, una labor que, en circunstancias normales, precisa múltiples ensayos previos en el laboratorio. Para ello, recabaron la colaboración de numerosos oncólogos, que declinaron la oferta por considerarla inviable, y acudieron, al menos, a uno de los laboratorios fabricantes del G-CSF, Amgen.

«Hubo contactos a mediados de 2004. Propuso un estudio, se analizó y se sometió a la consideración de nuestra central [en EEUU]. La respuesta fue que la compañía no apoya estudios sin un protocolo clínico detallado y sin datos científicos preclínicos que lo sustancien o apoyen. Se estimó que el proyecto carecía de esos elementos», asegura un portavoz oficial del laboratorio. El G-CSF lleva en el mercado desde 1991 y se ha utilizado en miles de pacientes con cáncer, ya que se emplea para tratar la inmunosupresión que provocan algunos tratamientos antitumorales. Como obliga la normativa, antes de su lanzamiento al mercado, también se investigó profusamente en el laboratorio. A pesar de ello, «no tenemos constancia de ningún dato sobre su potencial anticanceroso», añade el citado portavoz.

¿Cómo ha podido tratar el equipo de Brú a dos pacientes con un fármaco que no está autorizado legalmente como terapia para el cáncer? Se recurrió a la fórmula del uso compasivo que permite emplear una medicación que ya está en el mercado en una enfermedad para la que no ha sido aprobado. Este trámite sólo lo puede cumplimentar un médico, que debe justificar su solicitud y explicar los detalles de su proyecto a la Agencia Española del Medicamento. Dos de los colaboradores de Brú (él no es médico) hicieron la petición, que fue aprobada por la citada agencia, dependiente del Ministerio de Sanidad.

No existe constancia del resultado en la primera paciente, aunque ella misma ha asegurado en televisión que ha sobrevivido a un melanoma gracias al G-CSF. «No estamos jugando», afirma Sonia Albertos, de 34 años, el único miembro del equipo que ha respondido a las llamadas de SALUD. «Es cierto que puede tratarse de curaciones espontáneas, pero no lo creo, sería mucha suerte que coincidieran dos casos al azar».

Albertos, que conoció a Brú hace siete años cuando preparaba su tesis doctoral, dice «entender» el rechazo que el anuncio ha generado entre sus colegas: «Nuestras ideas no están fundamentadas en las cosas de siempre. Un físico ha llegado para cambiar la concepción del cáncer». Afirma que se han topado con numerosos obstáculos. «Las revistas serias no habían querido publicar el artículo de los ratones, nos decían que la teoría estaba equivocada. Por eso acudimos a una de bajo impacto ['Journal of Clinical Research', la que ha aceptado el caso del cáncer hepático], sabíamos que nos lo sacaría rápido».

A pesar de las airadas críticas, el equipo asegura estar muy cerca de llevar adelante el proyecto de hacer un ensayo con más pacientes y confirmar, definitivamente, su teoría y la utilidad del fármaco G-CSF en un plazo inferior, incluso, a los dos años. «Hasta que no hagamos este estudio, el medicamento no se puede dar a los pacientes. Hay que hacer pruebas como mandan los cánones de la Medicina», apostilla la doctora Albertos.

Muchos opinan que si el proyecto llega a salir adelante, quizás haya sido gracias a que se ha utilizado la ansiedad de los enfermos de cáncer para recabar apoyo hacia una teoría que, pudiendo ser incluso interesante, aún está por demostrar. «No intentamos manipular. Nuestro objetivo es altruista», se defiende.

Gráfico en PDF: Cómo se diagnostica un cáncer de hígado





Responsabilidad y conocimiento
José Luis de la Serna

Cualquiera que se considere un científico serio, con respeto a lo que pueden sentir en un momento dado los pacientes, se lo piensa dos veces antes de salir en una rueda de prensa anunciando una cura revolucionaria de los tumores malignos. Aunque fuese verdad la teoría que sostiene el físico que ahora nos ocupa sobre cómo crecen las células cancerosas, y cómo con un medicamento muy usado se puede controlar su proliferación, lo que no se puede es transmitir a la opinión pública un hallazgo de esas características sin pruebas que lo avalen. Porque pruebas no hay. Si la ciencia ha avanzado en las últimas décadas ha sido, sobre todo, porque se han aportado datos soportando cada uno de los escalones que se han ido subiendo. Sólo gracias a la metodología científica el sida ahora es una enfermedad tratable, la aterosclerosis se puede controlar, las infecciones erradicar y hasta el cáncer tiene mejor pronóstico que hace muy pocos lustros. La supuesta curación de un paciente terminal con hepatocarcinoma, siguiendo las teorías de Brú, representa únicamente un caso, una anécdota. El trabajo, además, se ha publicado en una revista de muy poco nivel y su lectura no aporta una brizna de luz a tanta incógnita. Tan preocupante o más que una persona -sin certificados de saber biología- divulgue remedios contra el cáncer (sin apoyo de los profesionales sanitarios que tratan a los enfermos) es que la tribuna desde donde lo hace sea una Universidad de envergadura. Los gabinetes de comunicación de esas instituciones tendrían que conocer cuáles son los parámetros que rigen a la hora de comunicar en Biomedicina. Sobre todo cuando se habla de patología maligna. Demasiadas personas con problemas muy graves se hacen ilusiones sin sentido porque leen noticias que no van en modo alguno a remediar sus males. Las guías de buenas prácticas en la comunicación biomédica son simples y desde hace años están publicadas por la Royal Society británica. Antes de ponerse ante un micrófono para difundir cualquier posible adelanto hay que leerlas si se quiere evitar hacer daño a terceros. Y de la misma forma que hay guías para científicos, las hay para los que les sirven de altavoz: los medios de comunicación. Ellos también tienen que ser escépticos cuando se informa de avances importantes, y muy iconoclastas, contra el cáncer. Basta con tener conocimiento del método científico, leer con espíritu crítico todo lo publicado sobre el caso y saber qué es lo que en ciencia tiene valor real para calibrar la 'venta' que los expertos a veces se hacen de sí mismos. Basta con saber algo de lo que escribes.



Las principales «lagunas»

Como mínimo, Brú y su equipo no han sido ortodoxos a la hora de hacer las cosas. Por un lado, y aunque dicen haber curado a otra paciente con melanoma, sólo documentan un caso, lo que «no tiene validez, pues la curación puede deberse a mil circunstancias que no se han valorado», dice Antonio Antón, presidente de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM). Sus colegas también critican la metodología, tanto de este estudio como la de uno anterior realizado en ratones. En ambos se peca de imprecisión. «El documento del carcinoma hepático no se hubiera aceptado en las revistas de categoría», coinciden varios expertos, que también recuerdan que no hay oncólogos implicados en el trabajo. También se pone en tela de juicio incluso que el diagnóstico fuera acertado. Según parece, los indicios eran compatibles con la cirrosis que padecía, pero no suponen necesariamente la presencia de un cáncer, aunque son muchas las probabilidades de que lo sufriera. Al no haber hecho biopsias, sino aspiraciones con una aguja fina (no extrae una porción de tejido, sino unas cuantas células) puede darse un falso positivo. En un estudio con 30 o 40 personas este hecho no hubiera sido una 'pega', ya que es raro que se den tantos errores, pero con un sólo enfermo debería haberse recurrido a la biopsia, puesto que ésta es la prueba más fiable. En este sentido, la punción tampoco es el patrón oro para determinar la desaparición del tumor. De esta forma, puede incluso que los neutrófilos ejercieran un efecto positivo, aunque no anticanceroso. En cualquier caso, no hay elementos de juicio suficientes como para esclarecer estas y otras cuestiones.



Los pasos que exige la Ciencia

Antes de que un fármaco antitumoral se utilice en miles de pacientes debe demostrar primero su seguridad y después su eficacia. Esta labor de investigación previa intenta garantizar que el producto está exento de riesgos para los enfermos o, al menos, que sus beneficios contrarrestan sus peligros potenciales (la toxicidad). El primer paso se da en el laboratorio, donde el agente se prueba en líneas celulares y modelos animales validados (cuyo comportamiento se considera potencialmente similar al de la enfermedad tumoral en los humanos). «En esta fase se pueden consumir cinco o seis años de investigación y muchos productos se quedan aquí, sin llegar a la siguiente etapa», explica Miguel Martín, presidente del Grupo Español de Investigación en Cáncer de Mama.

Tras estos estudios, llega el segundo escalón: los ensayos en humanos, la investigación clínica. En la primera fase, que puede demorarse año o año y medio, hay que realizar dos o tres ensayos con 30 o 40 pacientes cada uno para probar cuál es la dosis máxima que se puede emplear con seguridad. Sólo después se puede iniciar la fase II para evaluar la eficacia del producto en un tumor específico. Se necesitan otros estudios en 30 o 40 pacientes y un mínimo de dos años. Si no existe otra alternativa terapéutica y el resultado es positivo, se puede solicitar una autorización para comercializar el producto, pero sólo en el tumor concreto en el que se ha estudiado.

Si están disponibles otras opciones, es necesario pasar a la fase III y demostrar que el nuevo fármaco es mejor que los que ya existen, esta vez en más pacientes y durante un mínimo de tres o cuatro años.

Sunday, January 22, 2006

La luftwaffe que no conocimos
A pesar de que dentro del estudio del fenómeno ovni la hipótesis más extendida sea la de su presunto origen extraterrestre, existen numerosos expertos que opinan que hay suficientes razones de peso como para considerar que en muchas ocasiones nos encontramos ante aparatos fabricados por el ser humano.
Durante el mes de diciembre de 1944 corrían intensos rumores entre las fuerzas aliadas sobre el desarrollo por los alemanes de nuevas e increíbles armas secretas llamadas a cambiar el curso de la contienda. El autor Renato Vesco, en un libro de una gran riqueza técnica aunque muy poco conocido titulado Intercetelli sensa sparare, defiende la existencia real de inéditos desarrollos aeronáuticos construidos durante las postrimerías de la guerra en las instalaciones de la Wiener Neustadt. Otro gran historiador militar, el mayor Rudolph Lusar, en su antológico German secret weapons of world war II, nos introduce igualmente en el fascinante mundo de la tecnología secreta nazi.

"Interceptar, pero no disparar?" esta ha sido la orden que pilotos de combate de todo el planeta han recibido desde que en 1947 comenzaran a ser acosados sistemáticamente por estos misteriosos aparatos. El 24 de junio de aquel año, un piloto privado llamado Kenneth Arnold inauguró la edad moderna de los ovnis al divisar una formación de nueve aparatos que parecían sacados de la imaginación de un escritor de ciencia-ficción. Más de medio siglo ha transcurrido desde aquel histórico momento y, a pesar de ello, nadie ha sido capaz de dar respuesta al enigma más apasionante del siglo XX: la naturaleza y procedencia de estos aparatos.

En las jornadas que siguieron a este primer avistamiento, los periódicos americanos se llenaron con casos semejantes. Aquel mismo día, el prospector de minerales Fred Jonson declaró haber presenciado el paso de la misma "escuadrilla" avistada por Arnold. El avistamiento se prolongó por espacio de unos cincuenta segundos, durante los cuales estos aparatos sobrevolaron a baja altura la posición del señor Jonson, que observó como mientras esto sucedía la aguja de su brújula comenzaba a girar de manera incontrolada. A este siguieron otros casos que acapararon la atención del público durante todo el mes, los cuales, curiosamente, parecían verse limitados exclusivamente a la esquina noroeste de los EE.UU.

Un poco de ciencia-ficción
Durante la primavera de 1949, contando con apenas una docena de informes repletos de datos irrelevantes, que fácilmente podían ser relacionados con fenómenos ordinarios que nada tenían que ver con los ovnis llevó a los investigadores de la comisión Hyneck a esperar cándidamente que los avistamientos se irían desvaneciendo de una manera gradual y espontánea. No fue así, y nuevos casos fueron contrariando sistemáticamente estas expectativas oficiales. Mientras, los medios de comunicación se convertían en foro abierto en el que se discutía la naturaleza y procedencia de estos aparatos. Sesudos profesores adoctrinaban a la población sobre las posibles virtudes de la antigravedad mientras una trouppe de desaprensivos pretendía montar fraudulentos espectáculos mediáticos a costa del fenómeno (en realidad la cosa no ha cambiado tanto en cincuenta años).

A principios de junio de 1952, la fuerza aérea estadounidense tenía que vérselas con otra gran oleada. Esta vez, los no identificados se permitían el lujo de jugar impunemente con los pilotos que pretendían interceptarles y en el colmo del descaro incluso sobrevolaban el espacio aéreo de la Casa Blanca a velocidades cercanas a las 7.200 millas por hora. Los expertos militares sacaron de esta experiencia una conclusión inequívoca. Fuera lo que fuera aquello, indudablemente estaba controlado por algún tipo de inteligencia. Más tarde, las apariciones se trasladaron a la zona de los grandes lagos. La prensa no dejó de hacerse eco de esta nueva oleada y esta vez el tono de los periodistas tenía un cierto tinte acusador hacia unas fuerzas aéreas que permitían que aparatos desconocidos sobrevolasen sin control el cielo de su país.

Pero lo cierto es que esta historia había comenzado mucho años antes, en 1944, con unas misteriosas luces que aparecieron sobre los cielos de la cuenca del Rhin. Debajo, en la agonizante Alemania de las postrimerías del Tercer Reich, técnicos y científicos se afanaban en ultimar armas secretas que cambiasen el curso de la contienda. Aparecieron nuevas tecnologías como los infrarrojos, que dotaron a los pilotos de cazas y bombarderos nocturnos de unos ojos mágicos que les permitían taladrar las tinieblas para descubrir al enemigo. En este entorno fue donde aparecieron los llamados Foo Fighters o Kraut Balls, misteriosas esferas luminosas que acosaban a los pilotos aliados durante sus incursiones.

El revolucionario armamento antiaéreo alemán
Los servicios de inteligencia aliados comenzaron de esta manera a saber de la existencia de toda una nueva generación de armas que, de haber llegado antes, podrían haber supuesto una última esperanza para el régimen nazi. Los químicos desarrollaban proyectiles cargados con gases que explotaban violentamente al penetrar en los carburadores de los motores enemigos. Los ingenieros trabajaban en los llamados cañones sin proyectil, destinados a derribar a los bombarderos americanos mediante violentas corrientes de aire a presión. Los laboratorios de Telefunken trabajaban sin descanso en el desarrollo de mísiles guiados por televisión, en cuyas pruebas se consiguió hundir un par de buques aliados sin que ni siquiera supieran de donde les había venido el golpe mortal.

Al final de la contienda, todos estos desarrollos fueron sistemáticamente por las autoridades de los países aliados. Mucho se ha hablado del papel de los norteamericanos en este sentido, pero mucho menos conocido e igualmente relevante es el de los británicos, en cuya zona de influencia quedaba el llamado reducto alpino, la zona de Alemania donde se encontraban la mayor parte de los laboratorios secretos. Su industria aeronáutica se vio beneficiada por múltiples de estos nuevos conceptos, entre los que destacaba el denominado avión de succión, que empleaba la succión de aire como parte de su fuerza sustentatoria, lo que le permitía despegar en espacios muy cortos y alcanzar velocidades inusitadas para la época.

Así, los años 50 constituyeron una época de espectaculares posibilidades para la industria aeronáutica, coincidiendo con la época de mayor esplendor del fenómeno ovni. Como continuación de los trabajos iniciados con el avión de succión, se comenzó a experimentar con la aerodinámica de las superficies porosas, un concepto que permitía que el propulsor se encontrara encerrado dentro de la propia superficie de sustentación del aparato. A este respecto, el ministro de aeronáutica Sir Ben Lockspeiser anuncio públicamente el desarrollo por parte de la industria británica de nuevos modelos de aeronaves que en nada se parecían a las conocidas hasta ese momento. En realidad se refería al desarrollo de un aparato similar a un platillo volante y basado en un proyecto alemán llamado Luftschwamm (esponja aérea), que se desplazaba sobre un colchón de aire generado por una potente turbina encerrada en el interior de un casco poroso.

Proyectos fantasma
A pesar de la considerable propaganda que en su momento se hizo alrededor de estos proyectos, en un momento dado desaparecen totalmente de la escena pública envueltos en una niebla de endebles justificaciones y dejando sin justificar un agujero de cientos de millones de libras. Tras los espectaculares anuncios de "aeronaves sin piloto", "aviones sin necesidad de combustible" y aparatos con velocidades de crucero de más de 3.000 millas por hora sólo quedaron un montón de preguntas y ninguna respuesta satisfactoria. No obstante, queda constancia de que los ingenieros británicos trabajaron por aquellas fechas en lo que denominaban aparatos de estabilización giroscópica, naves discoidales cuyos bordes giraba rápidamente sobre sí mismos mientras que en la cabina, en forma de cúpula, permanecía estacionaria en el centro.

Durante la gran oleada de 1954, el periodista Franco Bandini hacía retóricamente a sus lectores la siguiente pregunta: "a la luz de la lógica y de nuestra experiencia sobre los métodos generalmente empleados por las grandes potencias en el desarrollo de armamentos, ¿Podemos barajar de una manera razonable la posibilidad de que estemos ante algún tipo de arma secreta?" ¿Es posible mantener un secreto de estas características? Por supuesto que sí, no tenemos más que recordar que los ciudadanos americanos supieron de la existencia de la bomba atómica al mismo tiempo que los desdichados habitantes de Hiroshima. sin ir más lejos, los propios alemanes fueron capaces de ocultar factorías enteras bajo tierra que jamás fueron descubiertas por la multitud de espías y aviones de reconocimiento que intentaban infructuosamente dar con los centros secretos de la producción bélica germana.

Las cantidades de dinero precisas para llevar a cabo tan magnos proyectos a espaldas del público se obtienen sin ninguna dificultad (no hay más que recordar el llamado escándalo de la R. A. F. en la Inglaterra de los años 50, o el estadounidense caso Irán-contra). Por último, la teoría del origen extraterrestre de estos aparatos proporcionaría la pantalla de humo perfecta para sumir en la más absoluta perplejidad a todo aquel que quisiera adentrarse en el estudio de los no identificados y, de paso, establecería un escenario ideal para la puesta en práctica de siniestras operaciones de control mental.

Los ovnis de Marconi
El tema de los ovnis fabricados por el hombre no quedaría completo sin hacer siquiera una mención a una creencia moderadamente popular en Italia y en algunos lugares de América del Sur según la cual, el inventor Guglielmo Marconi habría levantado una ciudad secreta en algún lugar del continente americano. Su yate, el Electra, era un verdadero laboratorio flotante en el que realizaba los más variados experimentos y con el que hacía continuos y misteriosos viajes a Venezuela por alguna desconocida razón. Narciso Genovesse, en su libro Mi viaje a Marte, fue quien hizo la contribución decisiva para popularizar la historia de la ciudad secreta de los Andes. En él, describe sus viajes interplanetarios a bordo de los platillos volantes construidos por Marconi y sus descendientes.

Al margen de estas rarezas, lo cierto es que durante los últimos diez años han salido a la luz diversas informaciones que parecen apuntar en el sentido del desarrollo por parte de los alemanes de aeronaves muy poco convencionales al final de la Segunda Guerra Mundial. De hecho, todo parece indicar que, como de costumbre, algunos de los pedazos más suculentos de la historia de esta contienda han sido sistemáticamente sustraídos del conocimiento público en beneficio de la ?seguridad nacional?, incluido el epílogo que protagonizó el almirante Byrd en 1947, al mando de una fuerza de intervención cuya misión era invadir la Antártida (pero esa historia la reservaremos para otra ocasión). Hay un pequeño detalle, estúpido si se quiere, pero que siempre me ha hecho reflexionar sobre esta cuestión: ¿Se han fijado ustedes que los platillos volantes de los 50 tienen aspecto de aparatos de los años cincuenta, los de los 60 tienen el aire típico de la década prodigiosa y así sucesivamente hasta llegar a nuestros días? ¿Acaso los extraterrestres están al tanto de nuestras modas y tendencias en el diseño industrial? Personalmente no lo creo? Es posible –solo posible- que alguien haya puesto todo su esfuerzo en condicionarnos para creer los aparatos que llevamos cincuenta años viendo surcar ágilmente los cielos proceden de otros planetas, cuando la realidad, podría ser muy distinta y mucho más siniestra. Si la CIA ya ha admitido públicamente que escenificó avistamientos ovni de cara a la opinión pública, ¿cuánto nos queda por saber de este tipo de manipulaciones? Por todo ello, querría acabar este reportaje reproduciendo el decálogo establecido en su momento por el investigador Renato Vesco y que todo aficionado a los ovnis debería, cuando menos, tener en cuenta:

1.Muchos de los avistamientos ovni han sido generados por aparatos completamente terrestres, fabricados con tuercas y tornillos como cualquier otro.

2.El fenómeno no ha adquirido una dimensión apreciable hasta finales de la Segunda Guerra Mundial.

3.Antes y durante la contienda se experimento con toda una panoplia de medios alternativos de propulsión.

4.Los nazis experimentaron con aeronaves de forma discoidal y tubular.

5.Durante la invasión aliada, algunos de estos aparatos fueron utilizados, como los conocidos foo-fighters.

6.Americanos y británicos se llevaron la parte del león de la tecnogía nazi, incluyendo a sus más brillantes cerebros.

7.Algunas divisiones alemanas se ocultaron al final de la guerra en bases secretas en la Antártida y las selvas de Sudamérica.

8.Toda la tecnología creada por los nazis fue posteriormente desarrollada por los aliados, incluidos los misiles teledirigidos y los aviones a reacción. Curiosamente, nunca se volvió a saber de las naves discoidales.

9.Durante la segunda mitad de la década de los cuarenta y la primera de los cincuenta se produce un inusitado número de avistamentos en especial en Norteamérica, América del Sur y sur del continente africano.

10.A pesar de tratarse oficialmente de alucinaciones colectivas, globos sonda y gas de los pantanos, los documentos relativos a los ovni siguen siendo guardados con extremado celo bajo sellos de alto secreto.

Si juntamos todas estas piezas, es difícil no llegar a la conclusión de que algo muy extraño lleva sucediendo en este planeta desde hace más de cincuenta años. Tampoco debería extrañarnos. Ya se sabe que la realidad tiende la mayor parte de las veces a ser más extraña que la ficción.

Friday, January 20, 2006

La tecnología que viene...

Enviado por Fernando Flores el Mar, 2006-01-17 09:10

Una particular visión acerca de la tecnología que nos espera para este año 2006 nos entrega Enrique Dans, quien publicó recientemente en el diario Expansión de España la siguiente nota, donde afirma que los avances tecnológicos más que posibilidades para los usuarios están generando limitaciones:

La tecnología que viene

Un título de columna así debería ser ilusionante. Debería hacernos soñar con maravillas inimaginables, con delicias que la tecnología será capaz de ofrecernos en un futuro, promesas de libertad, independencia de tiempo y espacio, eliminación de barreras y restricciones… Sin embargo, esta columna no es ilusionante u optimista. Es pesimista, casi existencial, un grito resignado de quienes no quieren perder la libertad que ya habían conquistado gracias a la evolución reciente de la tecnología.

Verán, durante varios años, dicha evolución de la tecnología nos ha llevado en esa dirección. Nos ha hecho cada vez más libres, nos ha permitido acceder a obras culturales que antes eran de acceso restringido, nos ha hecho capaces de visitar museos, bibliotecas y salas de concierto en un golpe de ratón. Hemos conseguido el sueño de que casi toda la información estuviese disponible desde un solo sitio, con una facilidad de localización y acceso nunca vista hasta el momento. Hemos puesto en pie la mayor red de difusión cultural de la historia de la humanidad. Y eso era únicamente un comienzo, una buena manera de ver hasta dónde podríamos llegar.

Pero volvamos a la realidad: la semana pasada, algunos clientes de la operadora norteamericana de telefonía Verizon se encontraron con una desagradable sorpresa: aquellos que decidieron seguir la recomendación de su proveedor y actualizar el software de su teléfono móvil, obtuvieron a cambio un producto de funcionalidades recortadas, que les impedía hacer cosas que antes sí podían hacer. Antes de la actualización, podían reproducir archivos MP3 en sus teléfonos. Después de llevarla a cabo, no. Así de sencillo. Algo vendido como una ventaja para ellos era, en realidad, un recorte de posibilidades, una restricción, una retirada de derechos a clientes que habían pagado por su producto y habían confiado en las recomendaciones de una empresa.

-------------------------------------------- coaching para padres